07 diciembre 2017



DE LA REMINGTON A LA COMPUTADORA



Carlos me dijo “Te voy a presentar al Director de un Portal de Noticias, estoy seguro que te va a echar la mano para que puedas publicar tus historias, de ahí en adelante lo buscas por tu cuenta”. “¡Sale!”, respondí contento. El día que conocí al Director tan sólo fue un instante, mi amigo  había interrumpido la prisa con la que el señor pretendía entrar por la puerta principal de un edificio de cristal. Cruzaron palabras en menos de un minuto; cuando el señor volteó a verme entendí que estaban hablando de mí. Carlos regresó a donde estaba yo para explicarme el día y la hora, me aconsejó: “Primero tocas el timbre en la puerta de acceso, subes hasta el segundo piso, ahí va a estar él esperándote”.

Entré a una oficina de lujo, perfectamente equipa, en su interior se encontraban escribiendo frente a una computadora un hombre y una mujer, ambos jóvenes trabajaban para la misma empresa. Mientras intenté ubicarme, escuché la voz fuerte de una tercera persona que decía  “¡adelante!”. Caminé un par de pasos hacia el fondo donde detrás de un escritorio pude ver a un joven de cabellera escasa, traía puesto unos lentes de aumento, fumaba en ese momento un cigarro mentolado.

“Hola Ricardo, ¿cómo te va?, toma asiento por favor”. “Señor”, le dije, “traigo unos textos para ver si me los puede publicar”. Se me había olvidado preguntarle a Carlos cuál era el nombre y la profesión del Director, por eso se me ocurrió decirle “señor”, a quien luego de haberle presentado mi trabajo, comentó lo siguiente: “Tus textos me parecen buenos, mándamelos por correo electrónico; necesito una foto tuya; le pones  un nombre a tu columna; aquí tienes mi tarjeta”. 

Bajo los efectos de la emoción, salí corriendo por la puerta principal del edificio. Afuera, revisé la carpeta con los textos que apenas unos instantes había presentado al Director los cuales estaban escritos a máquina.

Debido a lo enfocado que había permanecido escribiendo historias autobiográficas no me había puesto a pensar en que –a partir de ese instante- me obligaría a escribir en una computadora.

El mundo pudo haberse estado acabando a pedazos pero nada era a su vez más fuerte para impedir que me ocupara en escribir historias autobiográficas lo que cada vez era más imposible de dejar de hacer. El Director fue un hombre muy respetuoso, pues lejos de ver la forma prefirió ver el fondo de mis escritos, había dicho “tus textos no caducan pronto, eso es importante”.

El Director leyó mis textos escritos a máquina, eso significó un paso importante en mi carrera, con palabras sencillas comprendí todo “Mándamelos por correo electrónico”, cuando pudo haberme hecho sentir mal diciéndome tantas cosas por haberle presentado los textos escritos a máquina; sin embargo, fue inteligente, creativo, motivador, porque desde ese momento continué escribiendo dándome a conocer por medio de la columna.

Tal hecho se había convertido en un reto muy grande, por fin había dejado la máquina de escribir cuando a esas alturas de las circunstancias un gran porcentaje de gente se apresuraba en dejar atrás la computadora de escritorio para ser sustituida por la Laptop, una etapa donde los celulares mejor conocidos como “cacahuates” con gran rapidez pasaban a un tiempo prehistórico para dar paso a los celulares digitales más modernos, más actualizados, incluyendo a la Tablet.

¿En qué mundo vivía yo que apenas me daba cuenta de mis circunstancias?

En casa, comencé nuevamente a leer la novela La tía Julia y el escribidor, la intención: encontrar una palabra clave para el nombre de mi columna. Se me venían a la mente nombres como Pedro Camacho, Varguitas, Radio Teatros, Estación de Radio, palabras azules,  máquina Remington. Reparé en esto último por lo que comencé a pincelar ideas: máquina de escribir Remington, La Remington, En la máquina de escribir Remington, En la máquina Remington, hasta que por último me decidí por: En la Remington. Mis historias -verdades o ficción- alimentaban constantemente mi espíritu, era una forma de sacar prejuicios, una manera efectiva de luchar contra las frustraciones, o como dicen los escritores “una lucha constante contra sus propios demonios”.

 

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