13 julio 2016



La conspiración del silencio



13 de Julio de 2016

Hace unas semanas vi la extraordinaria película de Giulio RicciarelliLa conspiración del silencio (Labyrinth of lies), inspirada en una historia real que me heló la sangre y me quebró en llanto en varias ocasiones a lo largo de las dos horas que dura esta “ópera prima” de tan joven director. Pero me quebró por razones varias. Las evidentes y las que no lo eran tanto.

El filme cuenta la historia de Johann Radmann, un joven fiscal alemán en los años 50 (una década después de concluida la Segunda Guerra Mundial) al que el azar y el oficio periodístico de un reportero del diario local lo llevan a toparse con la historia de un maestro de escuela que había sido oficial de las SS (escuadrones de defensa, que en realidad eran escuadrones de la muerte) del aparato nazi. El fiscal comienza a investigar, junto con su amigo reportero, y van descubriendo que no sólo aquel maestro, sino que muchísimos más alemanes (en la nueva y democrática Alemania) en todas sus estructuras, incluida la gubernamental, habían participado, de una u otra forma, en el horror que facilitó el exterminio de millones de personas. Para ese entonces, prácticamente nadie en Alemania hablaba sobre Auschwitz, y muchos no sabían bien a bien qué es lo que ahí había ocurrido con exactitud. Conforme avanza la historia, el fiscal encuentra que el mal había sobrevivido no solamente con la fuga de Adolf Eichmann y de Josef Mengele (a quienes el gobierno alemán cazaba con afán de la mano del gobierno israelita), sino en todas y cada una de las estructuras de la sociedad alemana. Hoy panaderos que diez años antes habían enviado a niños a las cámaras de gas; hoy sastres que una década antes habían colectado el pelo y las coronas de oro de los muertos; hoy burócratas que años antes habían transportado a multitudes en los campos de concentración; hoy periodistas que, siendo adolescentes reclutados, habían mirado (con el uniforme y la esvástica en el brazo) cómo humillaban y violentaban a tantos seres humanos... Y durante diez años, la sociedad alemana prefirió hacer una suerte de voto de silencio: ellos no se consideraban culpables porque “habían recibido órdenes”; ésa era la excusa que todos ellos se daban a sí mismos. La misma excusa que dieron Martin Bormann o Hermann Göring oRudolf Hess (entre otros tantos, ellos sí vistos como monstruos) en los juicios de Núremberg. Por su rango, ellos fueron sentenciados por varios crímenes (contra la paz, de guerra y de lesa humanidad). Pero en éste, que es uno de los juicios más famosos de la historia, todos ellos juraron que cada crimen que cometieron fue porque “habían recibido órdenes”.

Como si el holocausto, el horror y la barbarie hubieran sido sólo obra de Adolfo Hitler, los altos rangos, al igual que los miles de hombres que trabajaron para ese nefasto régimen, trataban de lavarse la sangre de las manos aduciendo obediencia a otros. La coartada perfecta del mal y la putrefacción colectiva: “Yo sólo recibía órdenes”. El joven fiscal Radmann obligó a la sociedad alemana a nombrar, así fuera poco a poco, el horror del que había sido cómplice. Los obligó a verse en el espejo de sus imperdonables crímenes, de sus tantas omisiones, de sus profundas vergüenzas. De su inadmisible silencio.

Y no le cuento, querido lector, el final de la historia porque quiero invitarlo a que vea esta película en cuanto le sea posible. Pero sí le cuento que lloré no sólo por la siempre turbadora visita a ese oscurísimo episodio de la humanidad. Lloré porque, en más de un momento —y toda proporción guardada, por supuesto—, no pude evitar pensar en este México nuestro, en el que tantos silencios van a terminar por cobrarnos, como sociedad, una costosísima factura. Con órdenes o no mediante, México ha apostado también, en tantos momentos, por un infame pacto de silencio frente a sus crímenes, sus omisiones y sus tantas vergüenzas. Por eso lloré. Y por eso lloro, otra vez y ahora mismo, mientras escribo esta columna.

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